De todo esto resulta una distinción neta entre la clase noble, constituida por guerreros e hijos de guerreros (el laos) y el pueblo (demos) de campesinos, artesanos, etcétera. Pero la clase noble no se dedica al puro ejercicio de la fuerza bruta: por un lado desenvuelve toda una actividad de consejos y asambleas que requiere dotes oratorias, y por el otro se le presentan abundantes ocasiones de convivencia en la paz y en la guerra que estimulan las actividades artísticas y jocundas. Por último, el espíritu agonístico, cuando no se ejercitaba en el combate real o en algún tipo de “torneo”, se manifestaba de buena gana en las luchas y competencias deportivas. Por tanto, la educación del “caballero” homérico (como lo podríamos llamar, aunque no combatía a caballo sino en carros tirados por parejas de caballos) no era en modo alguno sencilla, por más que no tuviese nada de la educación minuciosamente mecánica del escriba oriental. Comprendía deportes y ejercicios caballerescos como caza, equitación, lanzamiento de la jabalina, lucha, etc., y ciertas actividades artísticas como el canto y el tañimiento de la lira. Quirón al parecer enseñó a Aquiles incluso elementos de cirugía y farmacia, pero probablemente se trata de un reflejo de ideas orientales, más bien que de una representación efectiva de la praxis griega. Por el contrario, la descripción homérica de la educación que el mismo Aquiles recibió de su otro maestro, Fénix, es digna de la más atenta consideración.
Adviértase en primer término que Fénix, noble exiliado que había buscado refugio en Ftía, en la corte de Peleo, es acogido y estimado en ésta al punto que se le concede casi como un feudo la región de los dólopes. Posteriormente le fue confiada la educación de Aquiles, aún en tierna edad, como sucedía precisamente en la Edad Media, en que a veces se confiaba la educación de un príncipe a un vasallo de confianza. Se ocupa personalmente incluso de su alimentación y le toma afecto como si se tratara de su propio hijo. La educación de Aquiles se completa por obra de Fénix en el campo, durante los primeros años de la guerra de Troya, y tiende esencialmente a volverlo maestro “del arte de la acerba guerra” y “del ágora donde los varones se hacen ilustres”. Fénix tiene pues tal conciencia de su papel y de su importancia que exclama de repente volviéndose a Aquiles:
“Y te crié hasta hacerte cual eres”.
Pero continuemos con el discurso de Féníx. Presupone una ética del honor que es obviamente la ética de toda sociedad de guerreros. Es justo que a todo entuerto se exija una reparación. Pero reparaciones son también las súplicas (acompañadas de pruebas de deferencia, regalos y promesas) que Agamenón y todos los aqueos, por medio de la embajada de Ulises, Áyax, y el mismo Fénix, le dirigen al airado Aquiles. Incluso cuando hay de por medio el asesinato de un pariente los hay que prefieren aceptar del asesino “el precio” (el “güidrigildo” medieval de las leyes longobardas) a caer en la espiral de las venganzas. Hay que saber transigir a tiempo, con mayor razón si sólo se trata de
ofensas de poca monta.
Así pues, la ética del honor va acompañada por una ética de la cordura y de la mesura y se advierte incluso vislumbres de una ética de la comprensión y la misericordia en la bellísima imagen de Até, la diosa coja del mal, que corre por el mundo seguida de las desdichadas Suplicantes, que en vano se esfuerzan por reparar los males causados por aquélla e invocan la ira de Zeus sobre quien no les presta oídos.
Sin embargo, es dudoso que este último elemento haya formado verdaderamente parte de la educación guerrera que aquí nos ocupa: se trata más bien de un elemento propio del espíritu del poeta. Homero, el cantor de las luchas titánicas y las crueles matanzas, trata su materia con la serenidad del gran artista pero ciertamente no con indiferencia; la nota más profunda de su poesía es una desencantada y humanísima tristeza por los inútiles estragos que describe y que sin embargo apasionaban tanto a las muchedumbres que lo escuchaban. En Homero, educador de Grecia, este elemento se debe poner en justa evidencia, por más que no haya sido el que tuvo mayor influencia. Probablemente no podría entrar en el cuadro de la educación de un guerrero en los albores de la edad arcaica, cuando el sentido del honor y el amor por la gloria son los verdaderos valores absolutos, el único desafío posible a la muerte, más allá de la cual aparece tan exangüe e inútil la supervivencia en el Hades. Lo que cuenta es dejar fama de sí, para lo cual importa “ser siempre el mejor, superior a los demás”. Por otra parte, este ideal agonístico de la vida no está limitado únicamente al valor en el combate. El vocablo griego “areté”, que se traduce imperfectamente como virtud, tiene ya en la época homérica una connotación mucho más rica.
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