Samos, isla de la Jonia no distante de Mileto y Éfeso, fue el lugar de origen de una singular figura de profeta-mago, Pitágoras, de quien poco se sabe, excepto que, habiéndose trasladado a Italia, fundó en Crotona una especie de escuela-secta de carácter al mismo tiempo sapiencial, religioso y político, que se extendió con rapidez por otras ciudades de la Magna Grecia donde en muchos casos asumió el poder político.
Esto aconteció en los últimos decenios del siglo VI a. C.; en el curso del siglo V los pitagóricos fueron desposeídos del poder, y con frecuencia proscritos como consecuencia de la reacción democrática que se extendió también a la Magna Grecia. Por lo demás, esta circunstancia contribuyó a difundir su doctrina, mantenida hasta entonces secreta, que se revelaba únicamente a los “iniciados” de la secta y exigía la vida en común (incluso, al parecer, la comunidad de bienes) y la observancia de un cierto número de reglas higiénicas y ascéticas que estaba prohibido modificar.
Después de muerto, Pitágoras fue considerado por los adeptos de la secta como una especie de santo, y su doctrina se trasmitía oralmente a los iniciados con el más absoluto respeto: “Lo ha dicho él” (Ipse dixit), se consideraba como el argumento decisivo en favor de una tesis.
Si la de Mileto no fue una “escuela” en el sentido que hoy tiene en general el vocablo, puesto que sólo se trata de una orientación del pensar común a varios pensadores en recíproco contacto, la de Pitágoras fue, más que una escuela, una asociación de iniciados; bajo este aspecto hace pensar en las sectas mistagógicas que en esa misma época se difundían en Grecia, tanto más que compartía con éstas la única creencia que se puede atribuir con seguridad a Pitágoras en persona, la metempsicosis o transmigración de las almas.
Junto a las religiones públicas y oficiales, existían en Grecia cultos más o menos secretos denominados “misterios”. Algunos, como los de Eleusis en el Ática, eran casi oficiales (dependían del arconte rey de Atenas), otros, sobre todo la doctrina órfica, no estaban ligados a ningún lugar determinado y constituían una verdadera religión sustancialmente diversa de la oficial. En efecto, mientras que ésta parecía preocuparse sobre todo por la salvación de la polis, la preocupación central del orfismo era el destino del alma individual, considerada inmortal y susceptible de reencarnar en muchas existencias de hombres y animales, y de sufrir penas o vivir en bienaventuranza en lugares ultraterrenos.
Como en los otros misterios, había en el orfismo ritos especiales de iniciación y otras ceremonias cuyo objeto era hacer que los iniciados se identificasen con Dionisos o Baco, es decir, a realizar en sí mismos el principio bueno, dado que, según las creencias teogónicas de los órficos el género
humano había surgido de las cenizas de los Titanes fulminados por Zeus por haber devorado a Dionisos: a eso se debe que contengan en sí tanto el principio del mal y la violencia como el principio del bien. A este mismo mito responde la concepción órfica del cuerpo como “prisión” y “tumba” del alma.
Al parecer, los misterios tenían un antiquísimo origen rural y por consiguiente eran anteriores a la religión olímpica, de carácter guerrero y aristocrático; al refinarse, los primeros sustrajeron a la segunda ciertos elementos útiles, penetraron, particularmente con el orfismo, en todas las clases sociales, y llegaron —siempre con el orfismo— a desarrollar el concepto de la interioridad, es decir, que las solas prácticas externas de iniciación no son suficientes y que para identificarse con el dios se requiere una auténtica conversión interna.
Para los pitagóricos —sea o no verdad la tradición que atribuye a Pitágoras la invención del término “filosofía”— la purificación se consigue a través del culto del saber, de un saber que, por obra del filósofo, perfeccionada por sus sucesores inmediatos, tenía como objeto a más de la creencia en la metempsicosis antes referida, los números, considerados como raíz y esencia de toda la realidad.
Naturalmente, los pitagóricos deben haber tomado muchas ideas y nociones matemáticas de los egipcios y los pueblos orientales; pero las desarrollaron en otro sentido, a manera de llave para conocer íntimamente la realidad. Para ellos, el número es una realidad viva que nace de la fundamental oposición de los pares y los nones, y se puede representar gráficamente como conjuntos de puntos dispuestos regularmente. Con algunos se pueden formar cuadrados (con el 4, el 9, el 16, etc.), con otros sólo rectángulos o triángulos: en una palabra, la aritmética estaba íntimamente fundida con la geometría, con arreglo a módulos que más tenían de simbolismo místico que de serena búsqueda científica. Observemos, por ejemplo, la figura siguiente:
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Esta figura representa la década, y como quiera que se la mire nos demuestra que la década es 1 +2 + 3 + 4, o sea, que se genera de los primeros cuatro números naturales, llamados la tetráctida, o mejor aún la Santa Tetráctida, en cuanto se la considera como fuente de toda realidad (en efecto, la década representa simbólicamente la naturaleza creada, respecto de la cual la tetráctida es el elemento creador). Los pitagóricos juraban sobre la “Santa Tetráctida”.
Y sin embargo, estas ideas no carecían de cierta sugestiva justificación. Por ejemplo, el uno corresponde al punto, con dos puntos se determina la línea, con tres la superficie, con cuatro, que no estén sobre el mismo plano, el sólido. O bien: si estudiamos la longitud de los pares de cuerdas (de igual grosor, calidad y tensión) con que se pueden producir acordes musicales, encontramos entre ellas las siguientes relaciones: 1/2 (para el acorde de octava), 2/3 (para el de quinta), 3/4 (para el de cuarta). He aquí los mismos números en acción, generando las sublimes armonías de la música. Y la astronomía ¿no nos muestra acaso cómo los números rigen también el movimiento de los astros, lo más perfecto que al hombre es dado contemplar? Por eso, geometría, astronomía y música constituían para los pitagóricos los estudios fundamentales, es decir, los mathemata (que en griego significa simplemente estudios). Poco sabemos de cómo se impartían efectivamente esos conocimientos, pero es de pensar que se haya acabado por abarcar muchísimas materias, con un criterio enciclopédico, si debe considerarse como justificada la crítica que Heráclito, enemigo jurado del enciclopedismo, lanza incluso contra Pitágoras imputándolo de polimatía, de impartir una enseñanza encaminada a formar una vasta e inútil erudición en todos los campos.
Pero los pitagóricos desarrollaron también un tema, caro a Heráclito, que respondía muy bien al espíritu de su doctrina: para ellos el bien era armonía de opuestos, incluso el alma era armonía (motivo que luego se desarrolló en el campo de la medicina: también la salud es armonía) como parece que haya sostenido sobre todo Filolao, contemporáneo de Sócrates. Armonía es también, según Arquitas, señor de Tarento y contemporáneo y amigo de Platón, una justa vida política. A Arquitas debemos además un preciso argumento en favor de la infinitud del universo.
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